El sol entraba por la ventana. Despertando a Samantha Barks, quién no estaba acostumbrada a tener que levantarse tan temprano e ir a misa. Se despertó soñolienta y cogiño sus cosas para ducharse en los servicios comunitarios (¡era el colmo, aun por encima baño para todas!) No le gustaba que otras chicas la vieran, y mucho menos cuchichearan a sus espaldas por todos esos tatuajes que tenía. De hombro a hombro tenía unas alas de un angel, en la parte baja de la cadera (justo debajo del ombligo) llevaba el lema de "Sin Miedo", en las muñecas llevaba dos diamantes, y en el costado derecho un dragón entrelazado a una rosa. Le gustaba la sensación de la tinta cuando penetraba en su piel, por eso se consideraba adicta a los tatuajes. El que más debía esconder en la nuca era el XVI, su numero favorito. Por lo tanto debía hacerse siempre una trenxa que lo tapara, ya que en un colegio para señoritas no estaba permitido ningún tatuaje o piercing.
Ya llevaba dos largas e intensas semanas, y aún no había hecho ninguna amiga. Ni había visto a sú compañera en todo ese tiempo. Las clases eran aburridas y todo era una rutina. Por las mañanas misa, desayuno, tres horas de clase, comida, cuatro más de clase, misa y cada uno a su cuarto. Estaban encerradas en ese manicomio (como le llama Samantha) durante 6 días a la semana. El sábado tenían misa y tres horas de clase, junto a una de estudio en la biblioteca. El Domingo después de misa era sú único día libre, en el cuál podía recibir visita o bajar al pueblo, pero a las 8 de la tarde debían estar todas en sus cuartos. Un completo infierno, pero aún así Sam se buscaba la vida para poder "divertirse".
Hoy era sábado, y tenían tres largas horas de Matemáticas sobre potencias y demás cosas. Su cerebro no podía asimilar tanta información, así que se dispuso a observar. A su lado estaba Jane, una chica que no podía medir más de 1,60 con gafas y el pelo corto. Era aplicada y siempre callaba ante las burlas de sus compañeras. Se fijó en que tenía las marcas de un piercing en la nariz y no pudo evitar sonreir. Miró que era lo que escribía tan detenidamente, y entonces se dió cuenta de lo que hacia realmente Jane. Escribir sobre sus compañeras, como una especie de blog, pero sin internet. Fichandolas en todas. Eso la llevó a preguntarse en que grupo entraría ella, en la de los "Nuevos", "Raros", "Guapas", etc. Pero no podía preguntarle, eso sería invadir la intimidad de una persona... Y aquí no había mucha intimidad. Dos filas más allá estaba Noel, la de ojos grises y tristes. Siempre que la veía parecía que había llorado, y nunca levantaba la vista. Ni nunca la había oído hablar, no sabía nada de ella, solo que se mordía las uñas hasta no quedarle nada. Su profesora de Matemáticas, Esther, era una mujer de unos 40 y pocos, que hablaba bajito pero imponía con su forma de hablar. Siempre estaba seria y parecía que sólo vivía para los numeros. Una gran mujer.
Cuando se dió cuenta, la campana había sonado. Recogió sus cosas y comenzó a caminar hacia la biblioteca. Tenía ganas de fumar, llevaba dos semanas sin poder hacerlo y no aguantaba más, pero allí no había forma de conseguir un pitillo. Miró por una de las ventanas y vió a un chico. Un chico con el pelo corto por los lados y algo largo por encima, que vestía con una camisa de cuadros roja, vaqueros, botas y lo más importante, estaba fumando. Sin pensarlo dos veces bajó las escaleras hasta la puerta principal y la cruzó sin miedo. Era más guapo de lo que parecía, y tenía una cicatriz en la frente. Pero eso lo hacía más interesante.
- ¡Oye tú!
- ¿Yo?
- Sí. ¿Tienes un cigarro?
- Puede...
- ¿Cómo qué puede? Te estoy viendo fumar. No me hagas perder el tiempo y dame un pitillo.
- No quiero.
- ¡Oye! Llevo dos semanas encerrada en este manicomio sin poder fumar, no seas egoísta y dame un mísero cigarro.- Sus miradas se cruzaron, y el chico se sacó un cigarro del bolsillo-. Gracias.
- ¿Cuál es tú nombre?
- Samantha Barks. Pero llámame Sam.
- Alex. Y de nada por el cigarro... Aunque deberías entrar, son muy estrictas con el horario de estudio y todo...
- Ya. Lo sé. Pero me estaba muriendo sin poder fumar.
- Bueno Sam, tengo que irme. Ya he entregado la compra y no puedo quedarme mucho tiempo. Encantado de haberte conocido.
Alex se subió a la camioneta y puso el motor en marcha.
- ¡Oye Sam! ¿Mañana que haces?
- Pues quedarme aquí.
- Te recojo aquí a las 4. Adiós.
Y allí la dejó. Mirando como se iba sin darle tiempo a responder. Cuando se dió cuenta de la hora que era Sam comenzó a correr por todos los pasillos hasta entrar en la biblioteca, allí se presentó y recibió una pequeña amonestación por llegar tarde, quedarse después de la hora de estudio a ayudar a la bibliotecaria con los libros. No era un gran castigo, teniendo en cuenta que no tenía otra cosa que hacer, pero la sola idea de quedarse en una biblioteca colocando libros le repugnaba...
Comenzó a hacer sus deberes y cuando los terminó dibujó un poco en su libreta. Pero pronto se artó y se dispuso a investigar. Aquella biblioteca era más grande de lo que realmente aparentaba, caminó por un par de pasillos hasta que el nombre de uno de ellos le llamó la atención. Brujería y Hechicería.
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