Llegaste de la nada. Corriendo hacía mí, con el cuchillo en alto. Tropezabas con todo. Estabas borracho como siempre. Me quedé sentada sin saber que hacer, sin quitarte la mirada de encima. Cuando por un segundo la desvié aprovechaste la ocasión para cerrar la poca distancia que nos unía. Te acercaste a mí y me escupiste en la cara, me agarraste por el pelo y me acorralaste entre la parde y tú, tu aliento olía a alcohol, una mezcla entre cerveza, vino barato y caña de hierbas. Te miré. Me miraste. Te odié. Te odié con toda mi alma. Y te odio con toda ella. Me pegaste en la cara y me tiraste encima de la mesa, me dolía el cuerpo entero pero me daba igual. Me levanté y corrí escaleras arriba. Me encerré pensando que estaba a salvo. Pero no lo estaba. Aún no había escapado de tus garras. Aún no había escapado a tús gritos, a tús insultos y golpes. Intenté pensar que todo era una mala pesadilla, que nada estaba ocurriendo de verdad. Pero sí. Estaba pasando. Estaba ocurriendo, y antes de darme de cuenta tú volviste a por mí. Con tus puños preparados. Y aunque yo intenté defenderme sabía que eras (y eres) más fuerte de lo que yo seré algunha vez. Me golpeaste en la barriga y me pateaste, hasta que intenté escaparme y tú me arrumbaste escaleras abajo, aunque conseguí levantarme, no sabía que sería de mí. Así que simplemente huí. Huí de ti y corrí todo lo que pude y todo lo que mis piernas me dejaron. Cuando pensé que estaba a salvo simplemente me dejé caer para comenzar a llorar, a gritar, a romper cualquier cosa cerca de mí. Pero sabía que eso no solucionaría nada. Solo necesitaba el valor para hacer una cosa.
¿Asesinato o suicidio?
Un amor doloroso, un amor que no se olvida
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